sábado, 13 de octubre de 2012

Se abre el telón…

 
 
El anfiteatro de la Salpêtrière se encuentra atestado de gente; los hay científicos, filósofos, artistas y curiosos. Ingresa a la sala una paciente acompañada por una asistente. La enfermera la deja sola al medio del salón y se acerca Charcot para preguntarle cómo se encuentra. La mujer sólo mira al Doctor y no le responde. Charcot se dirige al público presente:
 
“Sean todos bienvenidos a mi teatro; como ya es costumbre, los días martes nos reunimos a presenciar el poder de la sugestión. Esta mujer que está a mi lado es paciente del hospital y está gravemente enferma de los nervios”.

Con mucha facilidad, Charcot hacía entrar en trance a la paciente y le inducía mediante una orden, la aparición de algún síntoma. Charcot era un excelente hipnotizador, probablemente uno de los mejores que ha existido. Sigamos con Charcot y su espectáculo:       

“Míreme fijamente a los ojos por algunos segundos…a la cuenta de tres, usted sentirá un gran escozor en su mano izquierda”

Cuando Charcot cuenta tres, la paciente comienza a rascarse de manera desesperada su mano izquierda. El público queda atónito con la demostración. A continuación, Charcot dice:

“Silencio en la sala por favor…señorita, míreme fijamente otra vez…a la cuenta de tres, usted dejará de sentir aquel escozor en su mano izquierda y volverá a ser la misma de antes”.

Efectivamente, a la cuenta de tres, la paciente deja de rascarse y parece desconcertada.


 

¿Cómo lo hacía? Las pacientes que presentaba Charcot en su anfiteatro eran mujeres internadas en el hospital de La Salpêtrière. Él era su médico de cabecera y llevaba semanas trabajando con ellas mediante la hipnosis. El trabajo repetido en el tiempo, las hacía fácilmente sugestionables. Por esto, sólo le bastaba con que la enferma sostuviera la mirada con él para hacerla entrar en un trance. Incluso, ya al entrar a la sala, las enfermas estaban imbuidas en un trance leve. Lo que venía después consistía sólo en acrecentar aquel estado.  

Con esto no estoy quitando méritos a Charcot. No me cabe duda que para hacer algo así, se necesita estar entrenado y además tener habilidades innatas. Charcot era un genio. El problema es que no supo encauzar su potencial y sólo se conformó con el aspecto demostrativo de su quehacer médico.

A estas alturas, quizá convenga explicar en parte estos estados de “trance” que experimentaban las pacientes de Charcot. Estar en trance es estar disociado. La conciencia habitual se encuentra en un letargo, aunque sigue en un estado de vigilia parcial. La persona hipnotizada siempre está al tanto de lo que pasa a su alrededor. Por su parte, el aspecto inconsciente de la personalidad recibe las órdenes dadas por el hipnotizador y que en el ejemplo es: “Usted sentirá un gran escozor en su mano izquierda”. Esta explicación un poco burda, puede ser útil para entender a grosso modo lo que sucede durante la hipnosis. En el fondo, el estado hipnótico es un viaje a los aspectos menos concientes de la personalidad.

 

 

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