miércoles, 31 de octubre de 2018

Museo de la Medicina

En el 5to. piso de la Escuela de Medicina de la U de Chile (Avda. Independencia #1027) se puede visitar el único Museo de la Medicina en Chile. Me interesaba principalmente lo relacionado con Psiquiatría y encontré algunas cosas: 
















martes, 16 de octubre de 2018

Freud en Weimar (1911)



Si hiciéramos el trabajo de armar un álbum de fotos o postales del Psicoanálisis, no me cabe duda que ésta fotografía ocuparía un lugar central. Se trata de la celebración en Weimar (Alemania) del Tercer Congreso Internacional de Psicoanálisis los días 21 y 22 de septiembre de 1911. 

Con la presencia de Freud, Jung, Ferenczi y Lou Andreas- Salomé, entre otros, el Congreso marca una etapa refundacional del psicoanálisis y por varias razones. Fue la última vez en la cual Freud y Jung aparecieron públicamente juntos. Posteriormente vino un distanciamiento sin retorno. 

Freud acababa de escribir sus Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (Demencia Precox) y presentó un suplemento de dos hojas y media que hoy se incluye al final de esa obra. Por sugerencia de Carl Jung, había leído antes las Memorias de Schreber y posteriormente publicado su escrito con mucha disconformidad con el resultado. 

El Suplemento se abre por primera vez a considerar al mito como parte de nuevas interpretaciones del caso y a propósito del rol jugado por el Sol en el delirio, se esboza un ensayo de lo que posteriormente será la obra Tótem y Tabú.-    

jueves, 20 de septiembre de 2018

Schreber en inglés

Las Memorias de Schreber primero fueron traducidas al inglés por Macalpine & Hunter. La edición data de 1955 e incluye varias cosas interesantes y que posteriormente se omitieron en la traducción al español. Por ejemplo, tenemos la portada original con que aparecieron las Memorias el año 1903, una fotografía del Dr. Paul Flechsig y algunas panorámicas de la clínica de Sonnenstein en la cual permaneció internado Schreber. Aquí las imágenes:






  

viernes, 20 de julio de 2018

Travesías I: Psicoanálisis a través del Arte




Hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir invitado por la Sociedad Chilena de Psicología Clínica a la Primera Jornada de psicoanálisis a través del arte. Se trataron diversos temas relacionados con las técnicas artísticas y su valor en el tratamiento. Freud escribió 28 trabajos alusivos al arte y la literatura, por lo cual, asignaba gran importancia a este tema. En La Interpretación de los Sueños (1900) se menciona que las imágenes juegan un papel primario en la vida onírica y a veces, las palabras no son suficientes para dar cuenta de una imagen. 

Posteriormente, el psicoanalista inglés Donald Winnicott perteneciente al Grupo Independiente (Middle Group) se vale de las técnicas del arte espontáneo para tratar a sus pacientes. El dibujo espontáneo como ejercicio de poner en el papel lo que nuestro inconsciente dictamine, es una técnica valiosa en la terapia. Pude comprobarlo luego de ponerlo en práctica con un paciente adolescente. El joven pudo decir con su dibujo cosas que estaban en su inconsciente y que permitieron abrir nuevas puertas en el tratamiento. 

Las principales escuelas de arte que se nutrieron del psicoanálisis son el Expresionismo Alemán, el  Dadaísmo y por supuesto el Surrealismo. 

La Jornada contó con la participación de connotados psicoanalistas como Jaime Coloma y Daniel Malpartida.-     

          

jueves, 12 de julio de 2018

Una entrevista apócrifa (1974)



Giovanni Papini (1881-1956)


En su libro Gog (1974) Giovanni Papini incluye una supuesta entrevista que habría realizado a Freud en su casa. La entrevista jamás se realizó pero lo importante es el ejercicio literario en el cual Papini intuye un escenario para esa reunión. En la literatura el valor de verdad de las cosas lo da la escritura misma. Aquí la entrevista:   

Viena, 8 de mayo
Había comprado en Londres, hacía dos meses, un hermoso mármol griego de la época helenista, que representa, según los arqueólogos, a Narciso. Sabiendo que Freud cumplía anteayer sus setenta años —nació el 6 de mayo de 1856— le envié como regalo la estatua, con una carta de homenaje al «descubridor del Narcisismo».
Este regalo bien elegido me ha valido una invitación del patriarca del Psicoanálisis. Ahora vuelvo de su casa y quiero, inmediatamente, apuntar lo esencial de la conversación.
Me ha parecido un poco abatido y melancólico.
—Las fiestas de los aniversarios —me ha dicho— se parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a la muerte.
Me ha impresionado el corte de su boca: una boca carnosa y sensual, un poco de sátiro, que explica visiblemente la teoría de la «libido». Se ha mostrado contento, sin embargo, al verme y me ha dado las gracias, con calor, por el Narciso.
—Su visita constituye para mí un gran consuelo. Usted no es ni un enfermo, ni un colega, ni un discípulo, ni un pariente. Yo vivo todo el año entre histéricos y obsesos que me cuentan sus liviandades —casi siempre las mismas—; entre médicos que me envidian cuando no me desprecian, y con discípulos que se dividen en papagayos crónicos y en ambiciosos cismáticos. Con usted puedo, al fin, hablar libremente. He enseñado a los demás la virtud de la confesión y no he podido nunca abrir enteramente mi alma. He escrito una pequeña autobiografía, pero más que nada para fines de propaganda, y si alguna vez he confesado, ha sido, por fragmentos, en la Traumdeutung. Nadie conoce o ha adivinado el verdadero secreto de mi obra. ¿Tiene una idea del Psicoanálisis?
Contesté que había leído algunas traducciones inglesas de sus obras y que únicamente para verle habla venido a Viena.
—Todos creen —añadió— que yo me atengo al carácter científico de mi obra y que mi objetivo principal es la curación de las enfermedades mentales. Es una enorme equivocación que dura desde hace demasiados años y que no he conseguido disipar. Yo soy un hombre de ciencia por necesidad, no por vocación. Mi verdadera naturaleza es de artista. Mi héroe secreto ha sido siempre, desde la niñez Goethe. Hubiera querido entonces llegar a ser un poeta y durante toda la vida he deseado escribir novelas. Todas mis aptitudes, reconocidas incluso por los profesores del Instituto, me llevaban a la literatura. Pero si usted tiene en cuenta las condiciones en que se hallaba la literatura en Austria en el último cuarto del siglo pasado, comprenderá mi perplejidad. Mi familia era pobre, y la poesía, según testimoniaban los más célebres contemporáneos, rendía poco o demasiado tarde. Además era hebreo. lo que me ponía en condiciones de manifiesta inferioridad en una monarquía antisemita. El destierro y el mísero fin de Heine me desalentaban. Elegí. siempre bajo la influencia de Goethe, las ciencias de la Naturaleza. Pero mi temperamento continuaba siendo romántico: en 1884, para poder ver algunos días antes a mi novia, alejada de Viena. emborroné un trabajo sobre la coca y me dejé arrebatar por otros la gloria y las ganancias del descubrimiento de la cocaína como anestésico.
»En 1885 y 1886 viví en París; en 1889 permanecí algún tiempo en Nancy. Estas permanencias en Francia ejercieron una decisiva influencia sobre mi espíritu. No sólo por lo que aprendí de Charcot y de Bernheim, sino también porque la vida literaria francesa era, en aquellos años, riquísima y ardiente. En París, como buen romántico, pasaba horas enteras en las torres de Notre Dame, pero por las noches frecuentaba los cafés del barrio latino y leía los libros más en boga en aquellos años. La batalla literaria se hallaba en pleno desarrollo. El Simbolismo levantaba su bandera contra el Naturalismo. El predominio de Flaubert y de Zola se iba sustituyendo, entre los jóvenes, por el de Mallarmé y de Verlaine. Al poco de haber llegado yo a París apareció A rebours, de Huysmans, discípulo de Zola, que se pasaba al decadentismo. Y me hallaba en Francia cuando se publicó Jadis et naguére, de Verlaine, y fueron recogidas las poesías de Mallarmé y las Illuminations, de Rimbaud. No le doy estas noticias para alardear de mi cultura, sino porque estas tres escuelas literarias —el Romanticismo, hacía poco tiempo muerto, el Naturalismo, amenazado, y el Simbolismo naciente— fueron las inspiraciones de mi trabajo ulterior.
»Literato por instinto y médico a la fuerza, concebí la idea de transformar una rama de la medicina —la psiquiatría— en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El Psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología.
»El primer impulso para el descubrimiento de mi método nace, como era natural, de mi amado Goethe. Usted sabe que escribió Werther para librarse del íncubo morboso de un dolor: la literatura era, para él, «catarsis». ¿Y en qué consiste mi método para la curación del histerismo sino en hacérselo contar «todo» al paciente para librarle de la obsesión? No hice nada más que obligar a mis enfermos a proceder como Goethe. La confesión es liberación, esto es, curación. Lo sabían desde hace siglos los católicos, pero Víctor Hugo me había enseñado que el poeta es también sacerdote, y así sustituí osadamente al confesor. El primer paso estaba dado.
»Me di cuenta bien pronto de que las confesiones de mis enfermos constituían un precioso repertorio de «documentos humanos». Yo hacía, por tanto, un trabajo idéntico al de Zola. Él sacaba, de aquellos documentos, novelas; yo me veía obligado a guardarlos para mí. La poesía decadente llamó entonces mi atención sobre la semejanza entre el sueño y la obra de arte y sobre la importancia del lenguaje simbólico. El Psicoanálisis había nacido, no, como dicen, de las sugestiones de Breuer o de los atisbos de Schopenhauer y de Nietzsche, sino de la transposición científica de las Escuelas literarias amadas por mí.
»Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que, recogiendo las tradiciones de la poesía medieval, había proclamado la primacía de la pasión y reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto del sensualismo como centro de la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas naturalistas, yo di del amor una interpretación menos sentimental y mística, pero el principio era aquél.
»El Naturalismo, y sobre todo Zola, me acostumbró a ver los lados más repugnantes, pero más comunes y generales, de la vida humana; la sensualidad y la avidez bajo la hipocresía de las bellas maneras: en suma, la bestia en el hombre. Y mis descubrimientos de los vergonzosos secretos que oculta el subconsciente no son más que una nueva prueba del despreocupado acto de acusación de Zola.
»El Simbolismo, finalmente, me enseñó dos cosas: el valor de los sueños, asimilados a la obra poética, y el lugar que ocupan el símbolo y la alusión en el arte, esto es, en el sueño manifestado. Entonces fue cuando emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños como reveladores del subconsciente, de ese mismo subconsciente que es la fuente de la inspiración. Aprendí de los simbolistas, que todo poeta debe crear su lenguaje, y yo he creado, de hecho, el vocabulario de los sueños, el idioma onírico.
»Para completar el cuadro de mis fuentes literarias, añadiré que los estudios clásicos —realizados por mí como el primero de la clase— me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso; me enseñaron, con Platón, que el estro, es decir, el surgir del inconsciente, es el fundamento de la vida espiritual, y finalmente, con Artemidoro, que toda fantasía nocturna tiene su recóndito significado.
»Que mi cultura es esencialmente literaria lo demuestran abundantemente mis continuas citas de Goethe, de Grillparzer, de Heine, y de otros poetas: la forma de mi espíritu se halla inclinada al ensayo, a la paradoja, al dramatismo, y no tiene nada de la rigidez pedante y técnica del verdadero hombre de ciencia. Hay una prueba irrefutable: en todos los países en donde ha penetrado el Psicoanálisis ha sido mejor entendido y aplicado por los escritores y por los artistas que por los médicos.
Mis libros, por otra parte, se semejan mucho más a las obras de imaginación que a los tratados de patología. Mis estudios sobre la vida cotidiana y sobre los movimientos del espíritu son verdadera y genuina literatura, y en Tótem y Tabú me he ejercitado incluso en la novela histórica. Mi más antiguo y tenaz deseo sería escribir verdaderas novelas; poseo un tesoro de materiales de primera mano que harían la fortuna de cien novelistas. Pero temo que ahora sea demasiado tarde.
»De todos modos he sabido vencer, soslayadamente, mi destino, y he logrado mi sueño: continuar siendo un literato aun haciendo, en apariencia, de médico. En todos los grandes hombres de ciencia existe el soplo de la fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero ninguno se ha propuesto, como yo, traducir en teorías científicas las inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura moderna. En el Psicoanálisis se encuentran y se compendian, expresadas en la jerga científica, las tres mayores Escuelas literarias del siglo XIX: Heine, Zola y Mallarmé se unen en mí, bajo el patronato de mi viejo Goethe. Nadie se ha dado cuenta de este misterio que está a la vista y no lo hubiera revelado a nadie si usted no hubiese tenido la óptima idea de regalarme una estatua de Narciso.
Al llegar a este punto, la conversación se desvió; hablamos de América, de Keyserling y finalmente, de los vestidos de las vienesas. Pero lo único que vale la pena de ser consignado en el papel es lo que ya he escrito. En el momento de despedirme de Freud, éste me recomendó el silencio acerca de su confesión:
—Usted no es escritor ni periodista por fortuna, y estoy seguro de que no difundirá mi secreto.
Le tranquilicé, y con sinceridad: estos apuntes no están destinados a ser impresos.

jueves, 5 de julio de 2018

El Cristo de Elqui. Opera



Hace poco tuve la oportunidad de ver la Opera EL CRISTO DE ELQUI de Miguel Farías y Alberto Mayol en el Teatro Municipal de Santiago. No soy un visitante frecuente de óperas y tampoco soy un conocedor de este género. Sin embargo, esta entrada está destinada a comentar algunos pasajes de esta puesta en escena. 

Se trata de una ópera chilena y es el primer estreno en cuarenta años. Han habido otros estrenos como la ópera Viento Blanco, también de manufactura chilena y basada en la tragedia de los conscriptos en Antuco. La diferencia está en que El Cristo fue estrenada como parte integral del programa de óperas del teatro y estando a la par con otras óperas famosas, como por ejemplo Tosca de Puccini.

Los estrenos de óperas chilenas son escasos -en mi opinión- porque el artista nacional percibe este tipo de performance como lejana. Existe el prejuicio de pensar que se trata de un género difícil y sólo para entendidos. Escuchar opera es impopular y aparece como una pedantería. Antes del estreno, se percibía el nerviosismo de sus creadores y de los artistas. 

En Buenos Aires se estrena todos los años una ópera argentina y basta con sólo conocer esa ciudad llena de librerías y teatros para explicárselo. Pero El Cristo de Elqui sienta un precedente y puede marcar una nueva etapa en la creación nacional. 

La ópera está basada en dos libros de Hernán Rivera Letelier: La reina Isabel cantaba rancheras y El arte de la resurrección. El Cristo de Elqui es uno de los personajes de la novela y es una persona que existió en la vida real. Este hombre se dedicaba a predicar en la pampa y existía el mito de que había resucitado a una persona. Estamos hablando de principios del siglo veinte. El caso adquirió cierta notoriedad pública, ya que existen registros en la prensa del momento. 

El Cristo de Elqui viajó a Santiago en tren y su llegada fue apoteósica. Lo esperaba un centenar de personas en la Estación Central y estaba todo conmocionado. La Iglesia lo consideró un fraude y el Cardenal José María Caro (Cardenal Cal y Canto en la ópera) lo internó en un sanatorio por encontrarlo loco. 

Ahora bien, desde el punto literario, Hernán Rivera Letelier cuenta esta historia a su manera en el libro El arte de la resurrección. Sin embargo, el escritor pampino no es su descubridor. Ya Nicanor Parra el año 79 había publicado el libro Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui: 

Un agregado de última hora:
tan pronto como se me apareció el Señor
tomé un lápiz y una maquina de escribir
y me puse a redactar mis prédicas
en el mejor castellano posible
no sin antes haberme retirado al desierto
por un lapso de 7 años consecutivos
claro que sin la menor vanidad
a pesar que soy un analfabeto
nunca pisé la puerta de una escuela
mi papá fue más pobre que la rata
por no decir otra cosa peor.
Distinguidos lectores: en estos momentos
os estoy escribiendo en una enorme máquina 
de escribir desde el escritorio de una casa particular
eso sí que ya no vestido de Cristo
sino que de ciudadano vulgar y corriente
y les pido con una gran humildad
léanme con un poquito de cariño.

Sin duda que se trata de una gran historia y el municipal era el escenario ideal. La ópera tiene cosas que me gustaron y otras que no. Visualmente bien, con un fondo oscuro y algo tenebroso y con los  personajes con sus caras pintadas de blanco para brindar una atemporalidad y eliminar aspectos de identidad. La música parecida a la de Igor Stravinski y con instrumentos improvisados. Al final, cuando El Cristo es trasladado a un sanatorio, grita lo siguiente: 

Dios tuvo que matar a su hijo para que le creyeran ¿a quién tengo que matar yo?